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| Beirut – Nantes

Cierre los ojos e imagínese que está en una comida familiar. Todos comen y hablan, pero mire justo a la persona que tiene delante . Ahora, coja el vaso que tiene en la mesa y obsérvela a través de él. Sí, acaba de hacer un retrato a la manera en que lo hacía Picasso.

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A veces, un retrato puede ser en primer lugar una obra de arte, y luego, si acaso, la representación del físico de una persona concreta. Ese es el caso de Portrait of Vollard que pintó Picasso en 1910, inmerso de lleno en el cubismo.

Fíjense en el rostro de Vullard, fragmentado y convertido en formas prismáticas yuxtapuestas que terminan en triángulos afilados. También el fondo y el espacio que le rodea está tratado de la misma manera, o sea que aquí Picasso se ha olvidado de la manera tradicional en la que se hacía, donde la figura y el fondo se diferenciaban para centrar la atención en la persona retratada. Toda la pintura aparece como un todo homogéneo. Pero reproduce una sensación, poderosa aunque indefinida, de profundidad, espacio y hasta de volumen. Lo que quizá más sorprende es el modo convincente en que los rasgos y la personalidad de Vollard brotan de la confusion de formas quebradas y desiguales (1).

Cinco años más tarde, Picasso vuelve a retratar a Vullard, pero esta vez al estilo convencional: el fondo y la figura estan claramente diferenciados. Un dibujo magnífico, todo esta representado sin ambigüedad: el hombre, al silla, su ropa y el entorno.

Sin embargo, usted dirá, ¿en qué retrato se ha hecho cargo de manera más profunda de la personalidad de Vullard?

Aquí lo tienen, tratante de pintura y galerista francés:

Es Picasso, un pintor capaz de hablarnos en diferentes registros. Traigo una anécdota de la serie Gossip Girl [2×11], donde dos de las protagonistas, Blair y Serena, mantienen una conversación sobre el novio de una de las dos; por cierto, artista. La metáfora, sin duda, no escapa a lo que hoy contamos aquí: la capacidad de expresión del cubismo.

(1) Cómo mirar un cuadro, Susan Woodford.

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